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DECLARACIÓN DEL INSTITUTO DE FILOSOFÍA PRÁCTICA ACERCA DE CHINA, LA PENA DE MUERTE Y LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

“Es el horror que siento por la sangre vertida cuando es inocente, lo que me constriñe a inventar el verdugo” Saint-Exupéry

I.

Un informe de Amnistía Internacional publicado el 9 del corriente acerca de la pena de muerte en el orbe dice que en el 2018 los ejecutados fueron 690 personas, que disminuyó en general, advirtiendo su incremento en algunos países, entre ellos Bielorrusia, Japón, Singapur, Sudán del Sur, Vietnam y los Estados Unidos.

Luego, agrega que “China sigue siendo el país que encabeza el número de ejecuciones, seguida de Irán, Arabia Saudita, Vietnam e Irak. El gigante asiático no proporciona cifras oficiales por considerarlas secreto de Estado. La organización estima que allí se cuentan por miles cada año” (La Prensa, Buenos Aires, 10/4/2019).

Es interesante un informe de la misma organización del 2011 en el cual señala que si bien en la década anterior las ejecuciones disminuyeron, en Medio Oriente se duplicaron: en Irán 360, en Arabia Saudita 82, en Irak, 68. En los Estados Unidos, único país americano que aparece, fueron 43.

Al año siguiente, encontramos de nuevo a Irán con 314, Irak 129, Arabia Saudita 79, Yemen 28, Sudán 19, Afganistán 16. Estados Unidos repite el número 43.

Es importante señalar los delitos castigados con la pena capital: tráfico de drogas, China, India, Irán, Indonesia, Pakistán, Arabia Saudita; blasfemia, Pakistán e Irán; apostasía, hostilidad a Dios, sodomía y adulterio, Irán; hurto agravado: Kenia, Zambia, Arabia Saudita; estupro y brujería: Arabia Saudita; delitos económicos: China (Corriere della Sera, Milán, 10/4/2013).

Lo que sucede en China, ese “inmenso convento sin Dios”, como se tituló un libro, es un misterio. Pero se calcula que las ejecuciones oscilan entre tres y cinco mil por año, lo cual indica lo relativo de las cifras totales de Amnistía Internacional y en realidad no se sabe si las mismas aumentan o disminuyen.

II.

La doctrina social de la Iglesia no es un invento de los papas y menos de un Papa, aunque sea el actual, que además, es argentino. En cambio, constituye una larga elaboración que hicieron los Padres de la Iglesia, los grandes teólogos, los doctores y las doctoras, basada en la ley natural, conocida por todos los hombres a través de la sindéresis que les permite distinguir en grandes líneas lo bueno de lo malo y es por eso, que ciertos documentos se dirigen “a los hombres de buena voluntad” y en la ley divina positiva, revelada mediante las Sagradas Escrituras.

Lo que hace la cátedra romana es explicitarla, atendiendo a las circunstancias y a veces con finalidad pastoral, con mayor o menor precisión y brillo, según sean sus intérpretes (Así, en nuestro tiempo, Pío XII, Benedicto XVI o Francisco).

En el Libro del Éxodo se ordena: “no quitarás la vida al inocente ni al justo” (23,7); pero un hombre injusto puede despojarse de ese derecho y hacer surgir en su prójimo el derecho a la legítima defensa como establece el mismo texto del Antiguo Testamento: “si fuera hallado un ladrón forzando o socavando una casa, y siendo herido muriese, el que lo hirió no será reo de la sangre vertida” (22,1). La consecuencia la extrae Jacques Leclerq, en nuestro tiempo cuando afirma: “la pena de muerte… no es justa sino porque y en cuanto responda a la legítima defensa de la sociedad”.

En la Ley Antigua se encuentran cincuenta y tres delitos castigados con la pena capital y en el Evangelio la encontramos en las parábolas de los viñadores homicidas (Mateo, 21, 41) y en la de la boda real, como respuesta al ultraje y al asesinato (Mateo, 22, 7).

Siglos de elaboración doctrinal son sintetizados por Pío XII con su claridad habitual: “el poder público tiene la facultad de privar de la vida al delincuente sentenciado en expiación de su delito después que este se despojó de su derecho a la vida”.

Destaquemos: tiene la facultad y no la obligación, porque el tema de la tasación de las penas es competencia del derecho positivo, cuyas leyes deben ser ordenaciones racionales atendiendo a las circunstancias, porque la aplicación de la pena de muerte es lícita, pero puede no ser oportuna.

Pero existen argentinos muy originales y así hace unos cuantos años un obispo, Miguel Hesayne, atacó la legitimidad de la pena capital con diversos argumentos; es inútil, porque no influye en la comisión de delitos; es inmoral, porque da mal ejemplo y el Estado se pone de igual a igual con un criminal; es injusta, “porque una sociedad que educa a sus miembros en la lucha por el éxito, engendra violencia y segrega delincuentes. Después, no quiere reconocer su propio fruto, sino que desea eliminarlo de su seno con un falso puritanismo”; es anticristiana (La Nación, Buenos Aires, 5/8/1990)

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UNA CABRONADA Y SUS RESPECTIVOS CABRONES

Con asco y repugnancia reproduzco el comunicado de la Comisión de Justicia y Paz” cuyo asesor es el jesuita Jorge Lugones, obispo-¿obispo?-de Lomas de Zamora:

“En el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, queremos expresar como Comisión Nacional de Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal Argentina, nuestro compromiso con la defensa de los Derechos Humanos, con la consolidación del Estado de Derecho, la convivencia democrática y nuestros esfuerzos para contribuir al camino de la memoria, la verdad y la justicia.

“Un pueblo que tiene memoria no repite los errores del pasado; en cambio, afronta con confianza los retos del presente y del futuro. La memoria salva el alma de un pueblo” [1]

Hemos experimentado, como pueblo, que los derechos humanos deben estar siempre en el centro de todas las decisiones, que la igual dignidad de todos debe ser reconocida, respetada, protegida y promovida en todas las circunstancias y que la violencia no es la solución para nuestra sociedad fragmentada, sino el diálogo y el respeto en la búsqueda de la equidad, de la cultura del encuentro, del bien de todos, especialmente de nuestros hermanos más empobrecidos.

Nadie debe ser descartable, el reconocimiento del valor de la vida, de la dignidad y de los derechos inalienables de la persona constituye la base indispensable de toda convivencia humana y del destino feliz de un pueblo.

El próximo mes de abril, celebraremos en la ciudad de La Rioja, la beatificación y el reconocimiento del martirio de monseñor Enrique Angelelli, los padres Carlos Murias y Gabriel Longueville, y el laico Wenceslao Pedernera, víctimas del periodo más oscuro de nuestra historia. Que su ejemplo y su muerte, nos impulse a buscar siempre la verdad, apasionarnos por la justicia, trabajar por la paz y por la vida, con la certeza de que el mal y la muerte nunca tienen la última palabra, reafirmando junto al resto de la sociedad argentina el propósito colectivo del Nunca Más”. http://www.aica.org/38363-justicia-paz-reafirmar-el-proposito-colectivo-del-nunca-mas.html

Y lo hago en memoria de los auténticos mártires Jordán Bruno Genta y Carlos Sacheri, “víctimas del período más oscuro de nuestra historia”, asesinados gracias a la prédica de Angelelli y de sus secuaces Murias, Longueville y Pedernera.

Ruego tomar nota de la lista de cabrones y de quien los asesora.

Nota catapúltica

¿Estará todavía colgado en una pared de la UCA el hermoso retrato de Sacheri hecho por el querido amigo Adalberto Zelmar Barbosa o lo habrán retirado por ser algo “católicamente incorrecto?