BERGOGLIADA FRATERNAL (ma non troppo)

Bergoglio sigue apostando fuerte a los viejos designios masónicos, demostrándolo cabalmente en su discurso por el Día de la Fraternidad Humana, un engendro onusiano al cual se sumó de inmediato. Cito los párrafos con mayor hediondez tripunte:

“Gracias a todos por apostar por la fraternidad, porque hoy la fraternidad es la nueva frontera de la humanidad. O somos hermanos, o nos destruimos mutuamente”.

Fraternidad quiere decir mano tendida, fraternidad quiere decir respeto. Fraternidad quiere decir escuchar con el corazón abierto. Fraternidad quiere decir firmeza en las propias convicciones. Porque no hay verdadera fraternidad si se negocian las propias convicciones.

Somos hermanos, nacidos de un mismo Padre.

Con culturas, tradiciones diferentes, pero todos hermanos. Y respetando nuestras culturas y tradiciones diferentes, nuestras ciudadanías diferentes, hay que construir esta fraternidad. No negociándola.

Es el momento de la certeza que un mundo sin hermanos es un mundo de enemigos. Quiero subrayar esto. No podemos decir: o hermanos o no hermanos. Digámoslo bien: o hermanos, o enemigos. Porque la prescindencia es una forma muy sutil de la enemistad. No sólo hace falta una guerra para hacer enemigos”.(¡Y sin nombrar a Dios Nuestro Señor!)

Pero lo más notable es que muy pocos días antes se había despachado no muy fraternalmente sobre quienes se oponen,-con fundadas razones-al Vaticano II, incluyendo a quienes los interpretan a su manera:

“El Concilio es el Magisterio de la Iglesia. O estás con la Iglesia y por lo tanto sigues el Concilio, y si no sigues el Concilio o lo interpretas a tu manera, a tu voluntad, no estás con la Iglesia. Debemos ser exigentes y estrictos en este punto.

Es decir, también caen en la volteada no solamente los tradicionalistas, sino los hermeneutas de la continuidad, todos ellos firmes “en sus propias convicciones”, según cabe entender.(Los tradicionalistas ya habían sido fustigados anteriormente, insinuando que eran enfermos necesitados de cura).

Más aún: no es desacertado suponer que esta bergogliada apunta, nada más ni nada menos, a colocar al Vaticano II –concilio meramente pastoral-como un paso cuasi fundacional de la Iglesia. Un indicio de esta jugada fueron las dudosas canonizaciones de los Papas conciliares, hechas al galope tendido.