DIOS SE LLEVÓ A UNO DE LOS MEJORES

Despido con dolorido llanto a uno de los buenos y grandes amigos que el Señor puso en mi camino. Héctor Hernández ha dejado un hueco en nuestras filas que no será fácil de llenar. Su excepcional formación en la Filosofía del Derecho, en el Derecho Constitucional y en el Derecho Penal lo convirtieron en ineludible referencia en tan difíciles e intrincados campos, hoy menospreciados, cuando no devaluados, hasta por los propios obispos de mala muerte que nos toca soportar y padecer.

Pero Héctor no eligió quedarse en la segura torre de marfil, que lo hubiese mantenido a resguardo de mayores riesgos, conformándose con el academicismo aburguesado que permite vivir con cierta tranquilidad.

Su sangre ardiente y generosa le exigía más, bastante más, y por eso libró cuanta batalla pudo contra los enemigos de la Iglesia y de la Patria, sin alharaca ni estéril amargura. Al contrario, nunca dejó el buen humor que Tomás Moro pedía, valorando tanto las cosas pequeñas -un buen tinto- como de las grandes -la amistad y la lealtad-.

Descansa en paz, muy querido Héctor, en los brazos de Nuestra Señora y pídele a Ella que los amigos sigamos tu ejemplo, sin desfallecer ni claudicar en ningún instante. Y que tu amado Carlos Sacheri te guíe en la Patria celestial.