¡SALVE, SALVINI!

Yo no soy democratista ni aspiro a serlo. El número no decide sobre la verdad de las cosas, pero, quiérase o no, a veces representa bastante fielmente la realidad. Es el caso de las mayorías electorales, que reflejan un estado de opinión; indicio suficiente,  aunque pueda no durar mucho.

Y esto sucedió en las recientes elecciones italianas donde la Lega  ganó por gran diferencia. Celebro el triunfo entonces, porque pese a su vida irregular, Matteo Salvini tuvo el gran gesto de mostrarse como un político católico exhibiendo un rosario, señal de que en el fondo de su alma todavía “hay algo”.

El Cielo le dé luces para que componga su situación personal, cueste lo que le cueste.

Mientras tanto, festejo por partida doble, porque representó una derrota humillante e inapelable para el ideólogo Jorge Mario Bergoglio, que arrastró tras sus delirios inmigratorios a todos los obispos italianos. Todos ellos pagaron el duro precio de ignorar la realidad, cuando el deber del buen pastor es caminar en terreno firme para buscar a sus ovejas.

Es que no las conocen ni les importan.