LAS DEMOCRACIAS MODERNAS (UN TEXTO DEL PADRE MEINVIELLE)

Se acercan las elecciones primarias del 11 de agosto y todavía se cierne sobre nuestra Patria la amenaza de la legalización del aborto, promovida frívolamente por Mauricio Macri y su equipo de “gobierno”, que le vino como anillo al dedo a la jauría genocida y progresista, en sus todas sus variantes.

Con todo lo grave y dolorosa que pueda ser la ignominiosa situación que padecen quienes combatieron y derrotaron a las organizaciones terroristas de los años 70,me atrevo a decir que implantar el aborto es un crimen que pide la venganza del cielo, y que acarrerá aún mayores castigos para la Argentina. Hay que tratar entonces de impedirlo por todos los medios posibles.

En mi caso, votaré, con cierta esperanza, por Juan José Gómez Centurión, pidiendo que Dios lo ayude a perseverar en sus buenas intenciones y a mantener la palabra empeñada. Y si algún amigo “purista” me objeta la decisión, me apoyo en este texto del Padre Julio que avala ,ante el “hecho forzoso e irremediable” de la malsana democracia de hoy, la utilización del sufragio contra el aborto. Otros medios no tengo y creo que tampoco ellos lo tienen. Va entonces lo que decía el inolvidable maestro:

“Las democracias modernas, aunque llevan el nombre de República, nada tengan que ver con la politia de que habla Santo Tomás. Mezcla de la demagogia con la oligarquía de los bribones, presentan un tipo inestable y sedicioso, porque en ellas jamás se procura el bien común temporal; no el bien, porque éste es esencialmente ético-teológico, bien virtuoso… y las modernas sociedades no piensan sino en la procuración de bienes económicos; no el común, porque el bien del individuo- gobernante prima sobre el bien del partido, el partido sobre el bien de la nación, el de la nación sobre el bien de los derechos internacionales y sobre el bien divino de la Iglesia.

Además, que las modernas sociedades, conformadas perversamente en su interior por haber perdido el recto sentido del bien humano, son víctimas de los consorcios financieros internacionales, los cuales, después de haber corrompido las conciencias, acordando prebendas a las personas influyentes de la colectividad, manejan, por medio de éstas, la misma cosa pública, haciendo derivar en provecho de la proliferación del oro que han acumulado, toda la vida productiva del país. De aquí, que en el sentido literal más  propio, las sociedades modernas, que no viven sino con la permanente preocupación del enriquecimiento, al cual  lo subordinan locamente todo, arrastren una existencia miserable, cargada de pesadas e ilevantables cargas. Son sociedades de esclavos en que la multitud trabaja para el goce de unos pocos que usufructúan todos los privilegios; pero una multitud, por otra parte sin conciencia de sus verdaderos derechos y de su verdadero bien, desorganizada, incapaz de exigir ni de reclamar eficazmente nada, embrutecida y satisfecha con algunos desahogos, tales como el sufragio universal, que le proporciona ese perpetuo carnaval político del cual conocemos las tristes y feas consecuencias.

Luego, desde el punto de vista católico, que asigna como programa fundamental de toda política la realización del bien común de la ciudad temporal, es inaceptable la forma impura de democracia que reviste la República moderna. Para la Iglesia tolera esa forma como hecho irremediable; nunca ha legislado expresamente sobre su legitimidad, aunque haya expuesto sobradamente en documentos públicos su doctrina sobre el ordenamiento de la ciudad para que podamos apreciar que el actual organización de la ciudad terrestre no es el propiciado por ella. ¿Y cómo podría coincidir con los divinos postulados de la Iglesia una sociedad forjada por los impíos y ridículos delirios del filosofismo y de la revolución?

Sin embargo, la Iglesia no insiste en que sus hijos a la cuestión práctica de esta legitimidad porque con ello se  reagravarían los males, y los católicos distraerían su acción de la simplemente católica (Pío X) a la que quiere verlos dedicados. Pero nunca les ha obligado a reconocerlas de derecho; si los exhorta a adherirse a la República como León XIII exhortó al ralliement a los católicos franceses, que es porque quiere que trabajen por la extensión del reinado de Dios dentro de los medios actuales posibles.

La posición de la Iglesia y los católicos en las imbéciles y degradadas repúblicas modernas, es la misma que la de los cristianos en la Roma imperial. Evidentemente que el régimen cesarista era perverso; pero los cristianos, aceptándole como un hecho forzoso que no estaba en sus manos remediar, se servían de sus posibilidades para extender el reinado de Cristo”.

(Concepción católica de la política,3ª.edición,Theoría,Buenos Aires,1961,pp-106-107)

Nota catapúltica

La referencia a Pío X tiene relación con la Encíclica Il fermo proposito, donde el Santo Pontífice, dejando de lado el abstencionismo, recomienda calurosamente la participación de los católicos en la vida política para “combatir por todos los medios justos y legales contra la civilización anticristiana; reparar a toda costa los gravísimos desórdenes que de ella provienen; introducir de nuevo a Jesucristo en la familia en la escuela, en la sociedad; restablecer el principio de la autoridad humana como representante de la de Dios; tomar muy a pecho los intereses del pueblo, y particularmente los de la clase obrera y agrícola, no sólo infundiendo en el corazón de todos la verdad religiosa, único manantial de consuelo en los trances de la vida, sino cuidando de enjugar sus lágrimas, suavizar sus penas, mejorar su condición económica con bien concertadas medidas; trabajar por conseguir que las leyes públicas se acomoden a la justicia y se corrijan o se destierren las que le son contrarias; defender,  finalmente, y mantener con ánimo verdaderamente católico los fueros de Dios y los no menos sacrosantos derechos de la Iglesia”.

(Cuando el Papa santo mencionaba a la “acción católica”, no se trataba de la que conocemos hoy, creada por Pío XI, sino de “aquellas múltiples obras de celo en bien de la Iglesia, de la sociedad civil y de las personas particulares, comúnmente designadas con el nombre de Acción Católica, que por la gracia de Dios florecen en todas partes, y abundan también en nuestra Italia”)