DEMOCRACIA, ELECCIONES, PARTIDO POLÍTICO (en el Diccionario de Teología Moral de Roberti-Palazzini*)

DEMOCRACIA

Valoración. Cualquier forma estatal tiene sus ventajas y sus defectos. La Iglesia reconoce como buena toda forma estatal capaz de actuar el fin del estado, esto es, el bien común. Por este motivo es necesario que el poder exprese la voluntad del pueblo y que en él exista la conciencia de los valores internos que los ciudadanos llevan a la vida política. La d. reposa sobre el principio de la fraternidad natural de todos los hombres sin distinción religiosa, racial política, de clase. En la estructura de la d. esta fraternidad fundamental de todos los hombres incluye ciertos derechos y ciertas libertades que son absolutos: derecho a la vida, libertad de conciencia, derecho de libertad personal, derecho a la familia. Otros derechos civiles específicos y libertades se derivan de aquí: igualdad de los ciudadanos ante la ley, derecho de todo ciudadano de participar en la vida política, derecho del pueblo a su autodeterminación, derecho de reunión y derecho de oponerse al partido en el poder, libertad de palabra, de prensa, de expresión de la opinión de la mayoría, derecho a negarse al traslado forzoso y al trabajo forzado, fuera del caso de pena por delito.

Por mucho tiempo los pueblos estuvieron contentos con el régimen monárquico. Con la evolución espiritual y económica nacieron nuevos deberes en la vida pública y surgieron así las exigencias de autonomía y de responsabilidad propia con la tendencia de clases e individuos a querer tomar su suerte en sus propias manos. Por este motivo a partir del siglo pasado todos los pueblos se fueron inclinando hacia la d. En interés del bien estatal conviene que esta evolución sea orgánica. La precipitación trae consigo la revolución y la d. se convierte en aborto. Toda forma tiene también sus defectos. El poder es siempre ocasión de abusos. Es muy fácil que el poder en lugar de servir al pueblo, se convierta en un privilegio de dominio sobre el pueblo y fuente de lucro para los privilegiados. No faltan abusos a la historia; las revoluciones son su prueba. Así también la d. tiene sus defectos. Para gobernar son precisas facultades morales e intelectuales adecuadas; pero como todo ciudadano tiene derecho a presentarse como candidato es evidente la posibilidad de que haya intrusos. Además los partidos durante la campaña electoral se dejan llevar por grandes promesas que después no están en condiciones de realizar. La demagogia es por lo tanto un fenómeno ordinario de la d. La d. puramente formalista y mecánica, allegada al burocratismo, a la superación de la responsabilidad, a la presión de las minorías, al predominio de las finanzas (plutocracia), a extravíos políticos profesionales, a la corrupción. Sólo una comunidad orgánica que ha vivido comunidad de vida nacional para realizar el bien común, puede dar bases seguras a la vida democrática.

ELECCIONES

1.El voto es un deber cívico y moral.- La papeleta electoral política es el instrumento por el cual los ciudadanos libres eligen sus legisladores y gobernantes. Tiene, por lo tanto, una influencia inmensa, porque de las malas obras buenas leyes depende la suerte de un pueblo. Es preciso tener presente también que el parlamento órgano representativo y el gobierno puede producir un gran bien o para mal a la Iglesia, al clero, a la familia cristiana, a la instrucción católica de la juventud, a la moralidad pública, a las instituciones eclesiásticas, a las diversas manifestaciones públicas de la religión, a las realizaciones de la civilización cristiana.

El ejercicio del derecho del voto constituye por lo tanto un deber cívico y un deber moral y religioso.

La gravedad de este deber puede variar según las circunstancias. Como norma general la obligación de votar es tanto más grave cuanto más comprometidos están en la consulta política determinada los intereses religiosos, morales y sociales de la comunidad nacional y cuanto más incierto es el éxito de la votación. La deserción de las urnas es cosa grave, a no ser que el elector esté impedido de votar por una enfermedad o por un daño moral grave o gravísimo según las circunstancias. «En las presentes circunstancias es obligación estricta de todos lo que tienen este derecho, hombres y mujeres, el tomar parte en las elecciones. El que se abstiene de ellas, sobre todo si es por indolencia por cobardía, comete de suyo pecado grave, una culpa mortal» (Pío XII, discurso a los párrocos y predicadores cuaresmales de Roma, 10 marzo 1948).

  1. Votar según Conciencia. Si es un deber grave acercarse a las urnas es deber aún mayor votar según la propia conciencia, esto es, elegir candidatos capaces y honestos, los cuales impiden su acción política en los principios de la doctrina y de la moral cristiana. En su citado discurso Pío XII advierte: «todos tienen deber y la obligación de votar según el dictamen de su propia conciencia. Pero es evidente que la voz de la conciencia impone a todo católico sincero vendrá su voto a aquellos candidatos o a aquella lista de candidatos que ofrecen garantías verdaderamente suficientes para tutelar de los derechos de Dios y de las almas, para el bien verdadero de los individuos, las familias y de la sociedad, según la ley de Dios y la doctrina moral cristiana«.

Por el voto ponemos en las manos de los elegidos un gran poder, tanto para el bien como para el mal; por lo mismo asumimos indirectamente la responsabilidad de todo lo que ellos hacen en virtud de su mandato, naturalmente que en la medida prevista por nosotros y según la influencia ejercida por nuestro voto. El que a sabiendas y eficazmente vota por candidatos indignos es responsable de cooperación al mal y contrae la obligación de reparar en la parte que toca a su responsabilidad los daños que los elegidos por él produzcan a la sociedad, a los individuos y a la Iglesia.

Cuando en las elecciones políticas se presentan católicos dignos de este nombre y con la competencia debida, los ciudadanos deben dar su voto, ya que ellos son los únicos que pueden defender íntegramente en el órgano representativo de la nación los intereses cristianos y los que mejor pueden llevar a la vida pública ideas sanas, celo ferviente e integridad de conciencia.

Como principio ninguno niega a los católicos el derecho a votar contra un candidato católico cuyas opiniones políticas no estén de acuerdo, ya que un ideal político puede ser concebido de manera distinta y alcanzado por diversos medios, pero las divisiones en los católicos en una batalla electoral tienen un límite, cada vez que las circunstancias hagan necesarias un frente único de todas la fuerzas católicas para salvar los supremos intereses cristianos, que en último análisis se identifican con los civiles y sociales de la nación. En muchos países las disensiones electorales de los católicos y la dispersión de sus votos causaron a la Iglesia y a la sociedad pérdidas gravísimas e irreparables.

PARTIDO POLÍTICO

2.Nueva concepción del partido.Lo que hoy interesa es la nueva concepción del partido como elemento de propulsión y desarrollo orgánico de la vida política.Se trata de superar  el concepto tradicional de de partido como organización de fuerzas en servicio de dterminados intereses enmascarados a veces con brillantes idealismos.De suyo tiende a hacer triunfar tales intereses con la aniquilación del partido opuesto.La consecuencia es una afirmación de dominio que perjudica no poco al bien común para favorecer solo a una parte de los ciudadanos.De aquí la legítima reacción de los demás y un estado de continua guerra civil abierta o latente.La historia enseña que ésta es la tentación ordinaria de los partidos:esto es,el olvido del deber e poner el cuidado del bien común por encima del éxito propio.La nueva concepción, que hoy es propugnada,parte precisamente de una afirmación contraria a la tendencia de donde nace aquella tentación:reconocer un bien superior al cual debe inclinarse el partido y por lo tanto estar pronto a sacrificar su propio deseo de asumir el poder ante el bien del Estado.El Estado sólo constituye el fin de la actividad política de todos los ciudadanos;frente a él los partidos no son sino medios;y los medios se han de emplear sólo en cuanto son útiles según los tiempos y las circunstancias.

5.Partidos y bien común.Debiera ser esencial a la constitución íntima de cada partido no sólo un programa ideal al que por necesidad humana se ligan también intereses materiales sino también la voluntad de cooperar con los demás partidos al funcionamiento jurídico y regular del gobierno,primera condición de la vida social y de subordinar su propio interés de prosperidad y preeminencia al bien común de la nación…La pluralidad de los partidos tiene su razón de ser en la aportación que pueden dar,mediante la crítica y la discusión pública al bien común:pero si se sirven de ésta solo para disminuir o destruir este bien,reniegan de su finalidad y del valor de su existencia.La concordia discors de una asamblea verdaderamente libre puede engendrar grandes beneficios para la sociedad,pero puede surgir sólo de la conciencia viva en cada partido,del respeto a la libertad de los demás de modo que las libertad ajena le sea tan cara como la propia.

Un sincero amor del bien común como fin supremo y de la libertad como método para alcanzarlo es el presupuesto imprescindible para la coexistencia de varios partidos en régimen libre y para una efectiva cooperación entre ellos. Se trata de ver si esto pertenece a la realidad histórica de nuestros días.

*Editorial Litúrgica Española, Barcelona,1960