DECLARACIÓN DEL INSTITUTO DE FILOSOFIA PRÁCTICA ACERCA DEL PAPEL DE LA CONCIENCIA

20131212210414«La conciencia como regla suprema que distingue el bien del mal se ha adormecido»
Mons. José Arancedo

Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina

I.-

En la Argentina de hoy, cualquier disparate, cualquier error grave, se difunde ante el silencio cómplice de muchos consentidores, expertos en cabronadas, que deberían denunciarlo; otra vez como voz disonante, pero defensora de lo verdadero, docente, debe resonar la de nuestro Instituto. Debemos en este «año de la misericordia», practicar una de las obras de misericordia espirituales, «enseñar al que no sabe», aunque en este caso sea el presidente de nuestra Conferencia Episcopal.

II.-

El Papa Pablo VI, en su encíclica Humanae vitae, enseña que «Jesucristo, al comunicar a Pedro y a sus Apóstoles su autoridad divina y al enviarlos a enseñar a todas las gentes sus mandamientos, los constituía en custodios y en intérpretes auténticos de toda ley moral, no solo de la ley evangélica sino de la ley natural… cuyo cumplimiento fiel es igualmente necesario para salvarse» (parágrafo 4). Más adelante agrega que la Iglesia es «signo de contradicción», pero no deja de proclamar «con humilde firmeza toda la ley moral, natural y evangélica. La Iglesia no ha sido la autora de éstas, sino solamente su depositaria e intérprete» (18).

O sea que el Papa y los obispos, monseñor Arancedo incluido, son custodios, depositarios, intérpretes, jamás dueños de las leyes morales.

III.-

La conciencia nunca puede ser «la regla suprema que distingue el bien del mal», por más que Arancedo lo proclame en su mensaje pascual (La Nación, 28/3/2016).

Ahora bien, ¿cómo distingue el hombre el bien del mal? Mediante la sindéresis, concepto elaborado por la escolástica a partir del nous de Aristóteles, y que es el hábito de los primeros principios prácticos de la razón natural que le permite distinguir lo bueno de lo malo. Es un hábito perfectivo de la razón práctica.

Como escribe Antonio Gómez Robledo, «la sindéresis intuye las primeras máximas de la conducta moral… que pueden ser percibidas sin discurso alguno, y tanto más cuanto más se afina la sensibilidad ética por obra de la educación moral» (Ensayo sobre las virtudes intelectuales, FCE, p. 117).

Si la sindéresis es un hábito, la conciencia es un acto, que permite al hombre apreciar su conducta juzgándola según las normas que son los principios y preceptos de la ley natural conocidos por medio de la sindéresis. Esto rige para todos los hombres. O sea que la conciencia nunca es regla suprema, sino se encuentra subordinada a la ley natural.

De nuevo recurrimos al magisterio de Pablo VI: «la conciencia no es la fuente del bien y del mal; es la advertencia, la percepción de una voz que por eso se llama voz de la conciencia… es la intimación subjetiva de una ley que debemos llamar natural» (Audiencia del 12/2/1969).

Como acto de la razón práctica, la conciencia juzga los actos como buenos o malos y se traduce en un juicio que regula las conductas; las examina, aprueba o remuerde.

El juicio de conciencia dirige la acción; su rectitud depende de su ajuste a la ley natural y a la ley divina positiva, en última instancia, a la ley eterna. Repetimos: jamás es regla suprema; esto lo sostienen los kantianos, los subjetivistas, los relativistas y… el arzobispo Arancedo.

Un colega del citado, el arzobispo de Denver, Estados Unidos, Charles Chaput, lo refuta por anticipado: «la conciencia no inventa la verdad… La debe buscar fuera de sí misma y conformarse con ella una vez

descubierta… no debe ser un tema de opinión personal o preferencia privada… No es una coartada piadosa para hacer lo que deseamos» (Denver Catholic Register, 21/4/2004).

IV.-

La conciencia puede equivocarse, incluso de buena fe y tendremos una conciencia errónea, pero sincera, lo que hace que la conducta no sea pecaminosa.

Sin embargo, es necesaria una aclaración, bien formulada por Juan Pablo II: «… el mal cometido a causa de una ignorancia invencible, o de un error de juicio no culpable, puede no ser imputable a la persona que lo hace, pero tampoco en este caso aquél deja de ser un mal, un desorden en relación a la verdad sobre el bien» (Veritatis Splendor, parágrafo 63).

Por eso, es preciso formar la conciencia en orden a la verdad y al bien, preocuparse por su rectitud. El Evangelio nos advierte respecto de la deformación de la conciencia, ojo del alma, en una hermosa analogía con el órgano externo de la visión: «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá! (Mateo, 6, 22/23).

V.-

Considerando el tema de la conciencia en sus dos aspectos: el subjetivo (sinceridad) y el objetivo (ajuste a la verdad), Joaquín María Alonso, distingue cuatro tipos de conciencia: 1) sincera y verdadera: recta; 2) sincera pero errónea; 3) verdadera pero insincera; 4) falsa e insincera.

El gran problema es el de la conciencia errónea pero sincera. ¿Tiene derecho en sentido estricto, como lo justo? Entendemos que no, pero nada obsta que se reconozcan ciertos derechos positivos a ese tipo de conciencia como lo hace la tradicional doctrina de la tolerancia. Se podrá tolerar el error siempre que con esto se evite un mal o se logre un bien mayor que el que se obtendría por su represión.

Es interesante señalar aquí que cuando Juan XXIII, en su encíclica Pacem in Terris, afirma la necesidad del respeto al orden querido por Dios si queremos alcanzar la paz, por otra parte siempre relativa e incierta en este mundo, y luego, enumera entre los derechos naturales fundamentales de la criatura humana, «el de poder venerar a Dios, según la recta norma de su conciencia y de profesar la religión privada y públicamente» (parágrafo 14).

El P. Alonso formula respecto a este derecho una advertencia importante: «el adjetivo ‘recta’ afecta a la norma y no a la conciencia… se trata del orden objetivo de la norma recta, no de la conciencia invenciblemente errónea, a la que hubiera sido extraño constituirla en ‘norma’, dado que esta palabra está indicando una objetividad que se impone al sujeto» (Derechos de la conciencia errónea y otros derechos, Coculsa, p. 174).

Sin embargo, debemos reconocer que en el plano individual, la conciencia invenciblemente errónea, legitima la conducta del pagano que movido por ella, rinde culto a Dios, religado a Él y realiza un verdadero acto religioso, «aunque no practique la religión verdadera» (José Todolí, O.P., Filosofía de la Religión, p. 444).

En la obra citada, el P. Alonso critica el virus modernista y afirma que para superarlo en el plano del derecho, «hay que restituir a ese concepto toda su ontología metafísica, que parte de un hombre criatura religada a su Creador. Solo así el derecho, como ciencia jurídica, podrá superar el positivismo siempre latente; y la moral no estará a merced de un subjetivismo siempre amenazante» (p. 344).

VI.-

Veamos ahora algunas consecuencias de las afirmaciones de Arancedo con un par de ejemplos prácticos. Los dos pertenecen al África, donde el crecimiento del catolicismo es espectacular, a pesar de la miserable crítica de algunos obispos alemanes, racistas y discriminadores, que podrían empezar por mirarse al espejo y utilizar el argumento de comparación.

Un turista europeo, al ver a un viejo bantú leyendo las Sagradas

Escrituras, lo increpa: «-Ustedes así nunca van a progresar. Ese libro contiene una serie de relatos en los cuales hoy nadie cree en Europa». A lo cual el hombre de color replica: «-Si este libro no hubiera llegado aquí, hace rato que lo hubiéramos comido».

Ciertas tribus, con conciencia errónea aunque sincera, pensaban que cuando los ancestros llegaban a cierta edad, el mejor pasaporte para mandarlos al cielo era matarlos y comerlos, en una cena ritual presidida por un brujo. Fueron los misioneros cristianos quienes los liberaron del error y les demostraron la barbarie de esa pésima costumbre. Existen otras formas de honrar a los mayores: no hay que comerlos ni depositarlos en geriátricos, en los cuales, a veces, también se los mata.

Este es el verdadero progreso, que no es el del progresismo cultural que apela a la soberanía de la conciencia, entre otras aberraciones, para matar al prójimo sea mediante el aborto, el infanticidio o la eutanasia. Porque todo es posible si la conciencia autónoma, es la regla suprema que determina lo bueno y lo malo. Pareciera que todo el esfuerzo de Benedicto XVI para refutar el subjetivismo y el relativismo moderno ha sido inútil.

Buenos Aires, marzo 30 de 2016.

Juan Vergara del Carril                                                 Bernardino Montejano

Secretario                                                                          Presidente